Camino asustándome cada tanto con mi propia sombra,
la basura se bota en bolsas negras para que nadie más la vea.
Camino escuchándome cantar, escuchando cantar a alguien más,
la vida se vive aparentando, para que mucha gente nos vea.
Tarcila necesitaba un rato consigo, así que salió a caminar. En su recorrido vio caras, miles de caras que se derretían como relojes. En su recorrido pensó que era momento de cambiar algunas cosas de su vida, pero no tenía ni las suficientes ganas ni las suficientes fuerzas para hacerlo.
Tarcila se conoció un poco más ese día y sonrió. También frunció el ceño, claro, porque no todo lo que una descubre de sí misma es siempre bueno. El balance del día dio positivo, sin embargo.
Llegó a su casa y tuvo que zambullirse nuevamente en el día a día, en la familia, en la sonrisa forzada, en el complacer a todos. Llegó a su casa y tuvo que dejar de cantar, tuvo que dejar de decir lo que pensaba. Llegó a su casa y tuvo que ponerse el disfraz de familia, el disfraz de ser social. Dejó de ser un ser-humano para ser un ser-social.
Sigo caminando en la calle, en mi cabeza.
Las luces de los autos no me distraen, y menos las amenazas de los choferes.
Paseo por kilómetros mirándolo todo a mi alrededor, quedándome solo con lo bueno,
las estrellas, que han decidido salir esta noche, me dicen que ha sido una buena idea la mía.
jueves, 15 de abril de 2010
sábado, 10 de abril de 2010
Adiós
Sentimos que nos estamos diciendo adiós.
Ya todo se está volviendo nuevo y no hay lugar para lo viejo, para nosotros.
Somos viejos, somos historia antigua, sin tiempo, sin lugar. Todo ya cambió y nos estamos diciendo adiós.
Somos lo ya casi olvidado, lo que, si no se nombra, no se recuerda.
Incluso ya casi ni tenemos nombre. Nuestro nombre, de mil letras, ahora solo tiene un par. Se han borrado las demás y es difícil descrifrarnos.
Sentimos que nos estamos diciendo adiós. O tal vez no nos podamos decir adiós, quizás sea demasiado tarde para voltear y hacer siquiera un ademán con la mano.
Quizás nos hemos hecho demasiado viejos como para mirarnos.
Quizás nos hemos hecho demasiado viejos como para hacer un gesto de despedida.
Pero nos estamos diciendo adiós, con la mano, con la cabeza, con la boca o con la mente.
Nos estamos diciendo adiós, cada uno a un lado del camino, yendo en direcciones contrarias.
¿Contrarias, o paralelas?
Sea como sea, no nos encontraremos más, estamos ya a kilómetros de distancia, nos decimos adiós.
Nos estamos diciendo adiós sin amor, sin cariño, pero sin odio. Simplemente nos despedimos, nos separamos, ya con indiferencia, ya con dejadez.
Nos estamos diciendo adiós y no sé si me conmueve, si me mueve al menos. No sé si siento algo por esta separación.
Nos estamos diciendo adiós y yo sigo aquí, sin tratar de cambiar el rumbo, de volver a ti.
Nos estamos diciendo adiós, nos estamos diciendo adiós y tú no quieres regresar. Tampoco quieres irte, te da igual, pero nos estamos diciendo adiós.
No es que nos obliguen a seguir, no es que nos obliguen a volver. No queremos irnos, no queremos quedarnos, solo avanzamos, es inercia, es fuerza de gravedad que ha hecho lo que quería, se ha vuelto loca la fuerza de gravedad y nos atrae a lados diferentes.
¿Qué queremos? ¿Qué quieres tú?¿Qué quiero yo?, no sé.
¿Qué quiero yo? Ya ni sé para qué empecé esto, ya ni sé para qué vine acá.
He olvidado lo que soy, hemos olvidado lo que somos, lo que queremos, por lo que luchamos.
Sentimos que nos estamos diciendo adiós y no nos mueve, no nos conmueve. No nos compete. Nos desligamos del adiós, nos desligamos del sentir.
Nos desligamos del sentirnos, porque nos estamos diciendo adiós.
Ya todo se está volviendo nuevo y no hay lugar para lo viejo, para nosotros.
Somos viejos, somos historia antigua, sin tiempo, sin lugar. Todo ya cambió y nos estamos diciendo adiós.
Somos lo ya casi olvidado, lo que, si no se nombra, no se recuerda.
Incluso ya casi ni tenemos nombre. Nuestro nombre, de mil letras, ahora solo tiene un par. Se han borrado las demás y es difícil descrifrarnos.
Sentimos que nos estamos diciendo adiós. O tal vez no nos podamos decir adiós, quizás sea demasiado tarde para voltear y hacer siquiera un ademán con la mano.
Quizás nos hemos hecho demasiado viejos como para mirarnos.
Quizás nos hemos hecho demasiado viejos como para hacer un gesto de despedida.
Pero nos estamos diciendo adiós, con la mano, con la cabeza, con la boca o con la mente.
Nos estamos diciendo adiós, cada uno a un lado del camino, yendo en direcciones contrarias.
¿Contrarias, o paralelas?
Sea como sea, no nos encontraremos más, estamos ya a kilómetros de distancia, nos decimos adiós.
Nos estamos diciendo adiós sin amor, sin cariño, pero sin odio. Simplemente nos despedimos, nos separamos, ya con indiferencia, ya con dejadez.
Nos estamos diciendo adiós y no sé si me conmueve, si me mueve al menos. No sé si siento algo por esta separación.
Nos estamos diciendo adiós y yo sigo aquí, sin tratar de cambiar el rumbo, de volver a ti.
Nos estamos diciendo adiós, nos estamos diciendo adiós y tú no quieres regresar. Tampoco quieres irte, te da igual, pero nos estamos diciendo adiós.
No es que nos obliguen a seguir, no es que nos obliguen a volver. No queremos irnos, no queremos quedarnos, solo avanzamos, es inercia, es fuerza de gravedad que ha hecho lo que quería, se ha vuelto loca la fuerza de gravedad y nos atrae a lados diferentes.
¿Qué queremos? ¿Qué quieres tú?¿Qué quiero yo?, no sé.
¿Qué quiero yo? Ya ni sé para qué empecé esto, ya ni sé para qué vine acá.
He olvidado lo que soy, hemos olvidado lo que somos, lo que queremos, por lo que luchamos.
Sentimos que nos estamos diciendo adiós y no nos mueve, no nos conmueve. No nos compete. Nos desligamos del adiós, nos desligamos del sentir.
Nos desligamos del sentirnos, porque nos estamos diciendo adiós.
martes, 30 de marzo de 2010
Confesión
¿Para qué mentir? Te extraño todos los días.
Todos los días te siento a mi lado y todos los días me desilusiono de que no sea así.
¿Para qué ocultarme? Estoy esperándote de brazos cruzados.
Pensando en que somos los mismos y que podemos retomar todo desde donde lo dejamos.
¿Para qué mentirme? Te quiero y está clarísimo.
¿Para qué omitirte? Te volviste parte de mi vida y no lo puedo negar.
Te volviste parte de mis sueños y parte de mis días.
Te volviste mi sombra, de la que me asusto con frecuencia.
Te volviste mis ojos, mi boca, mis oídos.
Te volviste parte de mi vida, no lo puedo negar.
¿Para qué mentir? Te necesito todos los días.
Todos los días te anhelo y todos los días recuerdo algo nuevo de ti.
¿Para qué ocultarme? Lloro escondida en el baño, pero de mí no me puedo esconder.
No puedo esconderme de mi cabeza, no puedo esconderme de mi conciencia.
¿Para qué mentirme? En quien pienso, en realidad eres tú.
¿Para qué omitirte? Mi cerebro es más fuerte que yo, no te puedo esconder.
¿Para qué mentir? Te extraño y no lo voy a negar más.
domingo, 28 de marzo de 2010
Tarcila (II)
Tarcila ha comprado drogas en un callejón y ha buscado amor en un parque.
Tarcila se ha ido de viaje sin un sol y ha cantado en una esquina por monedas.
Tarcila se ha enamorado de chicos mucho menores que ella y ha mirado dentro del baño de varones.
Tarcila ha entrado en casas abandonadas y ha robado pan cuando no tenía.
Tarcila ha pasado noches enteras caminando por la calle y ha dejado de bañarse por días.
Tarcila ha hablado con extraños y se ha dejado de hablar a ella por meses.
Tarcila ha sonreído por cosas mínimas y ha llorado por sucesos insignificantes.
Tarcila se ha emocionado por una mirada y ha odiado la Navidad hasta hace poco.
Tarcila ha leído cientos de libros y de carteles y ha soñado con ser protagonista de alguno.
Tarcila también se ha enamorado de personas que ni conoce, de personas que ni existen.
Tarcila ha vivido mucho, en poco tiempo.
Tarcila se conoce como no conoce a nadie más, y se sorprende todos los días de eso.
Tarcila también descubre algo nuevo de sí cada día que vive.
Tarcila a veces se queda sin palabras y sin voz, y alguien tiene que hablar por ella.
sábado, 27 de marzo de 2010
Chico
Tarcila lo vio y pensó que era el chico más hermoso del mundo.
Tenía el pelo crespo-crespo, pegadito a la cabeza.
La forma que tenía de jugar con sus orejas le parecía encantadora.
Su mirada, esa mirada de estar descubriéndolo todo la enamoró.
Todo el camino quiso saber si él también estaría pensando en ella, tratando de descrubrirla, como hacía ella.
Todo el camino no le quitó los ojos de encima, no dejó de llamarlo con la mirada.
Voltea, voltea.
Pero cuando volteaba, no la miraba.
lunes, 22 de marzo de 2010
Tarcila y la soledad
Tarcila no quería estar sola. Tampoco quería compartirse con una persona, eso estaba claro, porque compartirse significaría perderse. Perderse significaría extrañarse y todo eso significaría dejar una parte de sí en otro, lo que haría, a la misma vez, que extrañara al otro. Tal vez traería como consecuencia algunas lágrimas, muchos kilos de chocolate y malos humores con la familia.
Tarcila no quería estar sola, pero tampoco quería compartirse.
Así fue como descubrió las camas descartables, las camas de una noche, o de media noche, según fuera el caso.
Descubrió que no hay que querer para sentirse deseado, no hay que sentirse querido para desear.
Descubrió que el alcohol puede tapar las vergüenzas y cubrir las culpas, al menos las del momento.
Tarcila no quería estar sola, y lo logró. Logró conseguir no estar sola las noches en las que no quería estarlo, pero nadie la acompañó esas tardes de domingo grises, tan grises y solas que te provocan llanto.
Nadie estuvo con ella en las mañanas, en el desayuno, nadie compartió con ella las noticias del día.
Estuvo sola cuando necesitaba en verdad estar acompañada. Estuvo sola en los mejores momentos y sola también en los peores. Tarcila no quería estar sola, pero estuvo más sola que nunca, incluso cuando estaba con ellos.
Tarcila no quería estar sola, y no lo logró.
domingo, 21 de marzo de 2010
El fin
Después de pasar tanto tiempo sin saber nada de él, se le apareció en sueños. Tarcila vivió de una vez, el fin del romance.
Estaba indiferente, no respondía a sus "te amo". No quería dormir con ella, ya no quería más duchas juntos. Si ella se iba, ya no le importaba, no la extrañaba. Tarcila lo tenía claro.
Cuando despertó, tuvo ese sabor en la boca del no saber, pero por fin pudo estar tranquila.
Y vivió.
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