miércoles, 25 de mayo de 2011

Uno o doce

Un buen día apareció con sus uñas comidas y sus lentes cuadrados. Se interesó en ella, le preguntó por su trabajo. Ella le contó y se fue. Luego, él fue abriendo un túnel, con su pala y su linterna, hasta ella. Ella no escuchaba el constante cavar del otro lado y seguía su vida. Así como era, como siempre fue. Estaba en su lado y lo que pasaba fuera de él no importaba. Pero un día, vio cómo la tierra se levantaba y del hueco salió él. Ahí estaba parado: con sus uñas comidas, sus lentes cuadrados, su pala, su lámpara y sus "a las 12 me voy a dormir". Así que hablaron todos los días hasta la media noche. A esa hora se acostaban, y ella pensaba en lo que estaba pasando. Tal vez no entendía, tal vez no lo quería entender.
Al poco tiempo, él llegó nuevamente con sus uñas comidas, sus lentes cuadrados, su pala, su lámpara, sin su "a las 12 me voy a dormir" y con su carro azul. "Vengo a buscarla" dijo él. "Ya la encontraste" contestó ella. Y cuando le contaba sus cosas, el reía con la boca cerrada. "Qué lindo" pensaba ella. Y desde ahí, ese túnel que él había cavado se cerró. Pero él no regresó a su lado: se quedó en el de ella. El espacio no era muy grande, así que poco a poco fueron haciéndose uno, era la única forma de estar cómodos.
Y se quedaron así, con sus uñas comidas, con sus lentes ahora redondos, sin la pala ni la linterna porque ya no las necesitaba, con su "no me voy a ningún lado", su carro azul y su corazón.
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