viernes, 19 de febrero de 2010

Pobre Tarcila

Tarcila le había soñado tantas veces, que cuando lo vio no fue nada nuevo. Había vivido una y otra vez su olor, su forma, su piel. Sabía cómo se sentía, conocía su voz a la perfección. Cuando lo vio, ella supo perfectamente qué hacer, porque lo había ensayado como se ensaya una obra, había tenido su ensayo general, su último ensayo, porque sabía que pronto lo vería.
Cuando lo vio, sus pies y su voz no temblaron, como temblaron en el primer sueño. Cuando lo vio, sus ojos no se llenaron de lágrimas. Cuando lo vio, lo miró a los ojos fijamente. Lo miró y esperó a que él dijera esas palabras que ya había oido en sueños, pero que tenía que oirle decir en la realidad.
Él tenía que empezar la obra. Sus líneas eran las primeras, y de él dependía que todo saliera bien. Esperó. Lo miró. Le dijo con los ojos que lo diga, que diga eso que ella había soñado y que sabía de memoria.
Esperó. Él se empezó a poner nervioso. Sus pies temblaban. Su boca temblaba. Sus ojos, llenos de lágrimas, no le podían contestar. Su cuerpo estaba rígido, sus pies plantados en el suelo. Y no le dijo nada.
Tarcila siguió esperando, siguió mirando, siguió pidiendo. Y él no dijo nada. La obra fue un fracaso para Tarcila. Nada salió como debía. Los miles de ensayos fueron en vano. El hacer y rehacer esta escena en su cabeza fue en vano. Y ya no se repetiría, no habría una segunda oportunidad.
Para Tarcila no existían segundas oportunidades. Tuvo que borrar el sueño de su cabeza, y olvidar.
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