miércoles, 29 de septiembre de 2010

Sin título

¿Qué hicimos? Te dejé ir. A ti, uno de los miles amores de mi vida. Te dejé ir por dejar salir de mi boca algunas palabras que no sentía. O que solo creía que sentía.
Una vez más, una enésima vez más, me he quedado sola, nos hemos quedado solos. Estamos lejos y me piensas con odio, y yo te pienso con temor.
Temor de que la fuerza de gravedad deje de empujarme contra el piso (¿o de que me jale?), temor de irme volando al espacio exterior y no poder volver a verte. Temor, pánico de reventar en mil pedazos cuando deje la atmósfera, y todas esas otras ósferas que están encima del cielo que veo y que lloro todos los días porque no lo estamos viendo juntos. Temor, pánico de ti, de que sigas siéndome ajeno, de que me seas de otra.
Temor de seguir hablando, diciendo cosas en las que en realidad no creo, que se me ocurren en el momento y pienso que son verdad.
Temor de mí, pero temor de ti. Temor del nunca nosotros y del eterno yo, del siempre ustedes, del yo testigo y del yo lejana.
Y así será siempre, ni siquiera podré despedirme, porque será muy tarde y te habrás ido muy lejos. Ya me habrás olvidado, o quizás seré un recuerdo incómodo que tratarás de dejar en un rincón, junto a otras experiencias sin importancia. Yo, en cambio, te colocaré en un lugar especial, junto con esos otros amores de mi vida, y te recordaré cuando sienta tu olor en el ómnibus, o cuando escuche una canción que tal vez oí cuando pensaba en ti.
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