lunes, 22 de marzo de 2010

Tarcila y la soledad

Tarcila no quería estar sola. Tampoco quería compartirse con una persona, eso estaba claro, porque compartirse significaría perderse. Perderse significaría extrañarse y todo eso significaría dejar una parte de sí en otro, lo que haría, a la misma vez, que extrañara al otro. Tal vez traería como consecuencia algunas lágrimas, muchos kilos de chocolate y malos humores con la familia.
Tarcila no quería estar sola, pero tampoco quería compartirse.
Así fue como descubrió las camas descartables, las camas de una noche, o de media noche, según fuera el caso.
Descubrió que no hay que querer para sentirse deseado, no hay que sentirse querido para desear.
Descubrió que el alcohol puede tapar las vergüenzas y cubrir las culpas, al menos las del momento.
Tarcila no quería estar sola, y lo logró. Logró conseguir no estar sola las noches en las que no quería estarlo, pero nadie la acompañó esas tardes de domingo grises, tan grises y solas que te provocan llanto.
Nadie estuvo con ella en las mañanas, en el desayuno, nadie compartió con ella las noticias del día.
Estuvo sola cuando necesitaba en verdad estar acompañada. Estuvo sola en los mejores momentos y sola también en los peores. Tarcila no quería estar sola, pero estuvo más sola que nunca, incluso cuando estaba con ellos.
Tarcila no quería estar sola, y no lo logró.

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