domingo, 1 de agosto de 2010

Mitades

Aun días después de haberla dejado, Tarcila seguía sintiendo sus manos alrededor de su cintura, de su pecho, de su ser. Seis letras habían dejado de ser suficientes, pero él ya no estaba para escuchar las tres que venían.
Sabía bien que tenía razones de sobra para llorar, para deshacerse en lágrimas y no salir de su cuarto por un buen tiempo, pero no lo hizo. El dolor era bien conocido para ella, y ya tenía las armas para controlarlo, para ser ella la dueña del dolor y no viceversa.
En parte se sentía feliz, porque las canciones de amor ya no la hacían llorar, podía ver parejas en la calle sin sentir odio, pero era su tacto del que no se podía olvidar. Ese recuerdo amenazaba con volverse dueño de ella y no dejarla controlar su emoción. Era eso precisamente lo que la preocupaba tanto.
A veces tenía miedo de no poder sacarse su beso, su abrazo. A veces temía por los días por venir, por cómo se tendría que comportar sintiendo que lo tenía tan cerca. A veces, solo a veces, sentía el nudo en la garganta que hacen las lágrimas antes de salir, de pensar que tal vez nunca se lo sacaría de su ser. De que el dolor podría crecer y salirse de control.
Pero, cada vez que esto pasaba, levantaba la cabeza, se miraba al espejo, trataba de ignorar el reflejo de él, que todavía no había salido del marco, y empezaba su día sola.

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